Literatura infantil by Alejandro Zambra

Literatura infantil by Alejandro Zambra

autor:Alejandro Zambra [Alejandro Zambra]
La lengua: spa
Format: epub
ISBN: 9788433918727
editor: 2023
publicado: 2023-04-17T22:00:00+00:00


Darío se siente mejor, aún aletargado pero mejor. Se acurruca en la cama, como quien decide dormir diez minutos más, aunque no quiere dormir, en realidad. Imagina a su padre enojado, diciéndole que debe aprender a defenderse. Y él cree saber defenderse; cree que siempre, de alguna manera, ha sabido defenderse. Después recuerda al matón sonándole los mocos a su hermano pequeño, repasa la escena una y otra vez. Se imagina sonándole los mocos a un inexistente hermano menor o que él es el hermano menor y un enorme hermano mayor le suena los mocos. Piensa que tal vez era una lección, nada más: que tal vez a Pato le pegan en la escuela y su hermano mayor decidió enseñarle a defenderse de esa manera absurda y sanguinaria, equivocada. Se hunde en esa cama ajena, siente que la frazada le raspa las piernas; de pronto todo el dolor que siente a lo largo del cuerpo le parece producto de esa frazada rasposa.

En eso llega Lali. Le da miedo enfrentarla, volver a verla. Escucha que ella y Sebastián hablan, no alcanza a entender la conversación, pero no gritan, no discuten, no hay un desacuerdo.

–¿Te sientes bien para levantarte? –le pregunta Lali en un tono casual, despreocupado, unos minutos después.

Darío asiente y ella misma lo ayuda a incorporarse.

–No te preocupes –dice Lali–, te aseguro que no es la primera vez que veo a un niño en calzoncillos.

Se sientan los dos a la mesa.

–¿Y Sebastián? –pregunta Darío.

–Lo mandé a comprar –dice Lali–. ¿Cómo estás?

–Bien –dice Darío, descolocado y nervioso.

–Medio machucado, eso sí –dice Lali.

–¿Usted dónde trabaja ahora? –Darío ha notado que Lali lleva un uniforme distinto y aprovecha el detalle para cambiar de tema.

–Qué te importa, cabro chico metiche.

Lali le habla con una agresividad fingida, con dulzura, más bien.

–Perdone –dice Darío.

–Trabajo donde mismo.

–O sea que cambiaron de uniforme.

–Sí –responde Lali–. ¿Y tú sigues hablando a puros garabatos?

–No –dice Darío–. Digo muy pocos. Solo cuando estoy muy enojado. Y a veces me enojo y no digo garabatos. Pero no me enojo casi nunca. Tengo buen carácter.

Darío habla en el tono clásico de quien alega inocencia. Lali lo mira con ternura.

–A mí me enseñaron que los niños no deben decir garabatos –dice Lali–. Pero a veces pienso que me enseñaron todo mal. O yo lo aprendí todo mal.

Aunque es una disculpa, suena como un pensamiento en voz alta. Darío siente alivio y entusiasmo.

–Es que era un juego –dice con un hilo de voz.

Se arrepiente de soltar esa frase innecesaria. Ella se muerde una uña, dos uñas.

–Yo también me como las uñas –dice Darío.

–Hace mal –dice Lali–. Hace pésimo.

Sebastián regresa con una pequeña torta de mil hojas. Se ve agitado, como si hubiera ido corriendo a la pastelería. Entre los tres ponen la mesa y parten la torta. De pronto son como una familia, piensa Darío. O él se siente como un primo lejano que llegó de improviso y sin explicaciones a tomar once. No los conozco, nunca los conocí de verdad, piensa enseguida Darío. Pero ahora voy a conocerlos, quizás.



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